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Escribí hace ya muchos años este cuento. Es sumamente ingenuo, pero me sirvió un poco como ejercicio, como divertimento; nu busqué nada más que eso. Puede servir para pasar un poco el rato. Se aceptan por supuesto todas las críticas posibles.

Mal de Ojo

Sí, estoy en el piso. Sí, estoy buscando algo. Llevo ya tiempo así, pero quisiera no saber cómo ni cuándo empezó. Hay una pista. Una noche en que fui a cenar con unos amigos, inicié una discusión sobre supersticiones

-¿Qué es esa pulsera? Parece de ojitos

-Es para el mal de ojo.

– No me digas que es para eso por favor.

– Pues claro, estas pulseras se usan como amuleto.

-Esas tonterías no existen, no hay tal cosa. Todo aquello de pasar debajo de las escaleras, de los gatos negros, romper los espejos y el mal de ojo son pendejadas.

– Tú cómo sabes, hay gente mala en el mundo.

– Eso lo sé, no me chingues, pero de que haya alguien que te “eche el ojo” hay mucha diferencia

– Pues de todas formas lo uso por si las dudas, una nunca sabe a quién se puede topar o que clase de “trabajito” te estén haciendo. O si alguien te tiene envidia. Y como ahora no tengo trabajo…

Me comencé a desesperar, no entendía como una recién graduada creía en eso con tal firmeza. Le pedí que me dejara ver su “amuleto” más de cerca. En el momento que lo tuve entre mis dedos, le di un tirón rápido y fuerte a la pulsera. Los ojitos saltaron de la muñeca y se esparcieron por el restaurante. Los comensales voltearon como amerita la ocasión: unos discretos, otros pensando en un posible pleito, los más con desagrado, como si la noche se hubiera arruinado para ellos. El lugar se pobló de murmullos, como si se prepararan para una cámara lenta, mi amiga me volteó a ver con repugnancia y terror. Algo sagrado se había roto para ella. Yo aspiré el humo del cigarro con satisfacción, y de esta manera puse fin a nuestra discusión:

– Algún día me lo agradecerás- mientras con la mano en alto y una sonrisa pedía la cuenta.

Al día siguiente, en el despacho, Pepe me recibió con una noticia que me dejó helado

– Hablaron de *** para decir que cancelaban el contrato, que ya no llenamos sus expectativas

– No me chingues.

– Sí. Acabo de colgar con ellos.

– Pues que se vayan a la competencia, no importa.

Pero sí importaba, y mucho. Esa fue la primera semana, se perdió el contrato más grande que teníamos, pero aún había muchas empresas en nuestra cartera. Se habló con la competencia de *** quien estaba interesada en nuestros servicios. Se les preparó el proyecto. En la junta todos estuvieron puntuales, cuando se apagó la luz para empezar la presentación de la campaña el cañón no disparó. Un transformador había explotado dejando sin luz a toda la colonia. No regresó hasta el día siguiente, para entonces, los ejecutivos de la empresa perdieron el interés ante un proyecto alternativo de otra compañía de publicidad.

La semana siguiente las cosas empeoraron. Mi mejor diseñador se fue con un salario superior al que podíamos ofrecerle. Con él se fueron varios nombres, varios pesos pesados. La cuenta del banco no bajó inmediatamente, pero dejó de subir. A los quince días tuvimos que hacer recorte de personal para sufragar algunos gastos para los últimos clientes que teníamos. Lo peor llegó cuando no se pudo cubrir la mensualidad del mobiliario que habíamos adquirido hace algunos meses y llegó la incautación.

No lo podía creer, en dos meses mi compañía corría a la bancarrota. De ser la principal agencia de publicidad, nos convertimos en una copiadora de volantes y folletos de escuelas pato. No me sorprendió encontrar a mi novia fajando con su mejor amiga en mi departamento, tampoco me sorprendió su declaración:

– ¿Qué, no lo sabías?

– No

– Pues que güey eres me cae.

Casi le pido perdón por los dos años que habíamos pasado juntos. La empresa cerró una tarde de junio, cuatro meses después de la cancelación de nuestro principal contrato. Trabajé en otras empresas, cosas ocasionales en realidad. Poco a poco iba perdiendo algo y no sabía lo que era. Tuve que dejar el departamento para mudarme una vecindad, olvidada del 85, en la colonia Roma. Vendí los muebles X, la cama, la tele de plasma, el “home theater”, el refrí programable, a Lola, que era mi fiel lavadora LG, en fin, todas esas comodidades que se adquieren con el tiempo. Lo que más me dolió fue mi Peugot 206 super equipado. Gracias a eso pude mantenerme un poco más en mi departamento, en lo que conseguía empezar algo. Llamaba a mis antiguos empleados, compañeros y amigos que fundamos nuestro negocio, pero algunos ya tenían proyecto, ellos eran los más amables. Otros tantos no contestaban el teléfono. Si me encontraba alguno en la calle apuraba el paso, o me decía “Hay X, qué mal te ves” y se marchaba como si no supiera que me hundía.

El paso a la Roma fue difícil. Empecé a trabajar repartiendo volantes. De pronto vi en un parabus la posible solución a mis problemas. En la esquina inferior derecha reconocí el nombre de mi amiga, la supersticiosa, la del amuleto de los ojitos. Me puse en contacto con ella y nos pusimos de acuerdo para tomar un café al día siguiente, que era lo único que le podía invitar, pues si le iba a pedir trabajo, algo, aunque sea el café, tenía que ofrecerle de entrada.

Llegó luciendo un atuendo muy a la moda, con colores chillantes y una bolsa que perecía perro muerto, pero que de seguro costaba lo que yo tenía de presupuesto para el mes, o más.

– ¿Cómo te ha ido?, sí, supe lo de tu compañía, que lástima, era una competencia modelo para mí, cuando era “free lance”, tú sabes, ¿no?- La miré con cierto desprecio.

– Pues ya ves, las cosas a veces no salen como uno quiere, pero planeo regresar a la cima, como antes. Pero mírate a ti, ahora eres la dueña de una de las firmas más importantes.

Pareció no escucharme.

– Por cierto, te acuerdas de Pepe y de X, ¿Sí? Ahora trabajan para mí, qué bárbaro, no sé cómo pudiste deshacerte de ellos, yo no sé qué haría ahora- Malditos traidores pensé- si no los tuviera conmigo. En fin, te veo, mmh, no tan mal como me habían contado.

Quise gritarle, quería que oliera la colonia barata de afuera de metro que ahora usaba, que viera cómo los hoyitos de mi cinturón se iban adentrando a mi cintura y que ésta era territorio conquistado por el hambre; quise que supiera que en la noches me despertaba el ruido de los vecinos teniendo sexo en el cuarto al lado del mío; de mis vecinas que tenían su “hotel” en los pasillos de la vecindad, que en las madrugadas las ratas se paseaban por toda la vecindad enseñoreadas y que no había gato u hombre que dijera lo contrario. Que necesitaba urgentemente un trabajo, cualquiera, de mandadero, de secretaria, de guardaespaldas, de conserje, de vigilante, de limpia botas, de lo que sea.

– Necesito trabajo, por favor.

– Mira, ahora no puedo ofrecerte nada, en dos meses tal vez… – sonó su celular y cayeron todas mis esperanzas. Tenía una reunión urgente con la empresa *** que quería que le hicieran su publicidad.

– Bueno, ciao, te mando un mail o un mensaje para saber cómo estás, y ya sabes, lo que necesites – mis oídos casi se caen ante lo que acababan de oír, hacía mucho que no tenía teléfono, computadora o celular, pero pensé que ella no tenía la culpa, que las convenciones sociales son demasiado fuertes y que hay enunciados que simplemente decimos como parte de la tradición de la amabilidad y del buen decir – por cierto, tenías razón, todo empezó a ir mejor desde que rompiste mi pulsera, qué casualidad, ¿no? ahora ya no creo en esas chingaderas.

En ese momento caí en un agujero profundo, todo se hizo alto y amenazador, un mareo llegó desde mi estómago, tuve que contenerme para no salir corriendo a volver el estómago. Se despidió con la mano, como si intuyera que mis entrañas estaban revueltas.

Tres noches soñé con ojos viendo de todas partes, con hombres de seis ojos, mujeres cíclopes, soñé negro y rojo, morado y gris. Despertaba con fiebre y volvía a dormir, las pesadillas se hicieron más frecuentes. Cuando me sentía mejor, salía a la calle, pero sentía sobre mí todas las miradas y sentía su daño, su maldad. Yo no podía trabajar en nada, ni repartiendo volantes ni cuidando coches ni limpiado botas o parabrisas ni nada, mis pensamientos estaban nublados. Dejé de bañarme, de comer, dejé de ir a mi cuarto en la colonia Roma. Ahora una búsqueda era mi razón de ser, me protegía de las miradas con una cobija que me robé en el mercado, me cubría la cara, sólo veía al piso, a los perros y a los niños. Por si las moscas, evitaba las escaleras, los espejos y los gatos negros. Buscaba por todas partes, recorrí la ciudad y comía deshechos, cosas que tiraban en los lugares de comida rápida, o detrás de los mercados, me peleaba con seres deformes qué sólo yo podía ver, o me golpeaban adolescentes crueles, pero siempre mantuve la mirada en el piso, buscando algo que perdí hace mucho, buscando entre los escombros, los zapatos de los ejecutivos, entre las zapatillas baratas de las secretarias que necesitaban del transporte público, en medio de la mierda de los perros, entre las coladeras buscaba, aunque sea uno ojo, pequeño, un ojo de aquellos que estaban en aquella pulsera que yo había roto, tal vez si encontraba uno, o si alguien se descuidaba podía tomarlo, tal vez así las cosas podían recuperarse, tal vez así las miradas ya no me harían daño y pudiera regresar a un lugar donde sólo te pudieran mirar hacia arriba.

 

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