Si es verdad que tengo algunos lectores, es a ellos a los que debo una disculpa por tan largo silencio, pero la causa misma de ese silencio no es diferente a la manera, un tanto contaminada, en que estoy escribiendo ahora este post: la lectura desmedida de Rubén Darío para mi tesis doctoral. Supongo que en su momento me pasará cuando lea a Jorge Luis Borges y a Octavio Paz. Aunque también es cierto que me gustaría escribir sin demasiadas presiones, porque lo necesito. Ojalá el resultado valga la pena

Ahora, quisiera empezar con algunos comentarios generales. Todos experimentamos en algún momento el instante en que hacemos algo e inmediatamente sabemos que nada será igual. Sea lo que sea, hemos roto una frontera y nuestra realidad no volverá a ser la misma. Para bien o para mal, decimos sin darnos cuenta la palabra correcta en el momento correcto o, al contrario, decimos sin pensar algo que mueve nuestra vida y la de otros en una dirección distinta. Todo cambia en milésimas de segundo. Y generalmente siempre nos agarra con la guardia abajo.

En literatura pasa igual. Al interior de una novela hay personajes que toman una decisión, dan un paso de más, dicen algo sin pensarlo, dan una vuelta en dirección contraria y se embarcan en algo que va a cambiar sus vidas, y la de nosotros, para siempre. Hacia afuera el lector también cambia y su mundo se vuelve más ancho. Hay libros que, una vez leídos, no es posible volver: uno ya no es el mismo. Rimbaud, y con él Kundera, lo dijeron, la vida de repente está en otra parte. El libro que para mí significó eso no retorno fue Rayuela.

Desde la tabla de direcciones Rayuela se nos presenta como un libro diferente. Y el inicio del Capítulo 1, tan sencillo “¿Encontraría a la Maga?”, nos mete inmediatamente en la acción donde todas las respuestas se vuelven efectivamente posibles, o peor, se vuelven imposibles pero aún así queremos leerlas. Y después, sin quererlo, París y después Buenos Aires se abren a nuestros ojos y con ella las historia de Oliveira y la Maga, el bebé Rocamadour, Morelli, Ronald, Babs, Ossip, Traveler, Talita, et. al. Y con ellos todas las referencias a filósofos, pintores, músicos, etc.

Leí Rayuela días después de haber regresado de París y esa experiencia potenció indudablemente mi lectura. Recordé y reconocí calles, puentes, parques, algunos edificios. París y mi recuerdo se volvieron otros y yo también cambié para siempre. Yo tenía 19 años y había leído ya bastantes libros, pero nunca uno como ese. El capítulo 7, el capítulo 68, en fin. Tantas citas que se pueden sacar del libro y que, todos lo sabemos, hablan de nosotros mismos y de nuestras experiencias. Si la literatura es una puerta hacia nosotros mismos, también es una manera de nombrar experiencias que ya hemos tenido pero que no podemos enunciarlas a la primera. En Rayuela me reconocí y nombre cosas que estaban allí pero que no sabía cómo pronunciar. Eso es la literatura.

Hoy la crítica se pregunta si Rayuela debe ser salvada como uno de los grandes libros del siglo XX. Yo no lo dudo. Y conmigo estoy seguro que una gran cantidad de lectores. La crítica, sobre todo la académica, tiene la tendencia de olvidarse del lector de a pie, y sobre todo, tiende a olvidar que el objetivo primero de los libros es la lectura. Mientras un libro se lea no hay necesidad ni siquiera de preguntarse si necesita ser salvado. La otra crítica, la de los escritores, muchas veces se vuelve un fardo de autoridad falaz, una demostración ególatra de lecturas personales distintas, más “difíciles” o más “cultas”. La crítica de escritores también olvida al lector de a pie, que busca simplemente placer en la lectura.

Una cosa es verdad y en eso estoy de acuerdo con los críticos del libro. Hay personas que al leer Rayuela se pierden tanto que viven su vida a través de alguno de sus personajes. De repente abundan “las Magas” y los “Oliveiras”; y hay que decir que fuera de la lógica del libro, estos personajes no tienen razón de ser, y eso sí ya se ha perdido en el tiempo: ya vivimos en otro momento de la vida y de la literatura. Ya hay un Oliveira y una Maga y viven en Rayuela: son una invitación al diálogo que se realiza en la lectura. Si no te llamas Emma o Alonso, tratar de vivir en un personaje se vuelve un cliché absurdo y pesado.

Tal vez para responder si Rayuela deba salvarse baste escribir en Google las palabras “Rayuela”, “Toco tu boca…”, “Cortázar”, “Cap 68”. Allí nos daremos cuenta que el libro se extiende ya más allá del poder de la crítica. Rayuela se ha vuelto un libro dúctil en la red. Eso sin contar las innumerables fotos en redes sociales de personas leyendo el libro en París, en México, en Mérida, en Buenos Aires, en Nueva York, etc., etc., etc. ¿Vale entonces la pena hacerse la pregunta? Rayuela no es, ni debe ser, un entusiasmo vencido por el tiempo, por la academia o por los críticos.

Disculpo nuevamente la tardanza. Como siempre, esta es una invitación al diálogo; si alguien no está de acuerdo con lo que he expuesto, mucho me gustaría empezar el debate.

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