Al pensar en la poesía siempre recuerdo el verso de Mallarmé: “Darle un sentido más puro a las palabras de la tribu.” Para mí el sentido de las palabras se extiende y amplía hasta abarcar el mundo. Invariablemente he pensado en el sentido del mundo de dos maneras. La primera, es que todo está por hacerse, nada está terminado, todo está incompleto, inconcluso, fracturado en una aparente novedad permanente, las cosas están allí sin estarlo de todo. La segunda es que el mundo es en realidad la ruina de un tiempo remoto, la fractura no revela lo que está por hacerse o lo incompleto, sino que lo estuvo y ya no estará jamás. La poesía es una forma primero de restablecer un mundo, la segunda de reconstruirlo. Escribir poesía para mí se vuelve entonces en la búsqueda de la estructura inherente a las cosas, la disposición móvil que conjunte lo que está por hacerse con las ruinas de lo remoto. Quitar novedad para develar un orden distinto. Y en el centro de todo, un ritmo único, prometéico, que une las cosas para fundar una nueva coherencia.

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