Entre los años 1520 y 1521 Hernán Cortés redacta las Cartas de Relación, en las que narra a los Reyes Católicos los pormenores de su viaje y conquista de México. En ellas describe en buenos términos a los aztecas, les da importancia y dignidad. Lo hace con un objetivo en mente: exaltar al enemigo sólo hace más grande la empresa, pues nadie se asombra de una victoria segura ante un enemigo débil. En el futbol pasa igual.

Crecí viendo a la famosa “Quinta del Buitre”, formada por Emilio Butragueño, Michel, Martín Vázquez, Manolo Sanchíz y Miguel Pardeza, a la que se suma más tarde por Hugo Sánchez. En la década de los ochenta era una contradicción ser mexicano e irle a cualquier otro equipo español que no fuera el Real Madrid; era un ritual despertarse temprano los domingos para ver a los Merengues y a Hugo. Mi simpatía cambió hacia el Barcelona (simpatía porque el equipo de mis amores es y será los Pumas de la UNAM) una vez que empecé a conocer la historia de España, que está íntimamente ligada en el siglo XX a los dos equipos, historia que muchos madridistas quisieran olvidar y que muchos neo madridistas ignoran, pero esas son cuestiones extra deportivas que a mí me cuesta trabajo dejar de lado. Por lo tanto, no pido ni que me den la razón ni que estén de acuerdo conmigo.

Quiero recordar ahora dos mundiales: Argentina 78 y Francia 98. Todos sabemos que Holanda debió ganar el primero y que, por lo menos, debió llegar a la final del segundo y tal vez ganarla, aunque el genio de Zidane es otra historia y Francia con todo el mérito fue campeona del mundo. Más allá de las cuestiones políticas, es casi unánime el gusto por el futbol que desarrolló Holanda en esos dos mundiales. Ese mismo futbol llegó al Barcelona a través de Johan Cruyff en dos etapas, como jugador y como director técnico. Pero llevar un estilo que gusta a todos al equipo antagónico del más poderoso no siempre implica que las simpatías y las preferencias también se van a trasladar.

Los equipos poderosos de todos los deportes lo son por algo y generalmente por alguien. Por ejemplo, los Lakers por el Magic y Kobe, los Bulls por Jordan, Miami por Lebron. A la lista se suman a los Vaqueros de Dallas (sobre todo en los 70 y 90), el Bayern en Alemania, los Yankees en el baseball, el Manchester en Inglaterra, el América en México, Brasil en los mundiales y por supuesto, el Madrid en España. Todos ellos equipos que están obligados a ganar y mantener su status en cada torneo que jueguen. Y de niño o adolescente es muy difícil ignorar la maquina publicitaria de los grandes equipos y de los grandes jugadores. En ningún momento digo que esté mal; irle a un equipo por estas razones es tan válido como irle al Santos de Torreón por haber nacido en La Laguna. Pero tampoco se puede negar que en la mayoría de los casos funciona así; difícilmente le vamos al Getafe y morimos por sus colores si vivimos fuera de España, por no decir los suburbios de Madrid. Y sin la maquina publicitaria, es tan aleatorio irle a un equipo como al otro.

Simpatizo con el Barcelona hoy por su estilo de juego, por su filosofía, por el hecho de mantener una cantera fuerte y abierta que hace innecesaria la compra cada vez más escandalosa de jugadores. La aparición de un equipo como el Barcelona, que en recientes años ha ganado todo, debería celebrarse incluso si nuestra preferencia es por el acérrimo rival. Me explico. Sin equipos que desarrollan el juego como el Barcelona el futbol se estancaría. Es necesaria la aparición de grandes para que nos impulse a superarlos. Sin Pelé, Maradona no se explica, y a su vez, Zidane; así como no se puede entender a un Lebron James sin Micheal Jordan. Sin la máquina que fue el Real Madrid en los ochenta no existiría el Barcelona de años recientes. Incluso en literatura, Shakespeare tuvo siempre la sombra de Marlowe, dramaturgo con más éxito que él en su momento. No es celebrar al rival, sino reconocer su importancia y dignidad.

El director técnico del Bayern lo dijo muy claro: “Conozco al Barcelona como la palma de mi mano”. Es decir, Jupp Heynckes estudió, aprendió y aprehendió el estilo catalán al grado que en el juego del martes parecían invertidos los papeles (ver lo de Jonathan Wilson para “The Guardian”). Sólo el enfrentamiento con los grandes nos hace mejores. Así, tiene más mérito si ganamos al mejor; así, servimos de inspiración a la trascendencia; así, el deporte que tanto nos gusta puede progresar y ser más atractivo, interesante, entretenido.

Pero pocos entienden que Ronaldo necesita de Messi para trascender y viceversa. Y no sólo para trascender sino para ser mejores. Sin su competencia sería menos su chispa, sería puro talento sin trabajo. En México existe aún la idea romántica de que el talento es todo y el trabajo estorba al genio. Me parece que es tiempo de aprender que el talento sin trabajo es nada. Uno de los que entienden esto es precisamente Cristiano Ronaldo. Dentro del Madrid Mesut Özil  es un jugador con mucha más técnica que Ronaldo, pero la disciplina y el trabajo del portugués hace que se nos olvide.

Ahora que los Culés fueron superados se valen las burlas por supuesto, porque es sólo un deporte, pero aún en un deporte hay lecciones que se pueden aprender. Y entre todo el ruido, el escarnio y la satisfacción que muchas veces da ver a un rey caído, es necesario agradecer al Barcelona por elevar un standard, obligar a otros a ser mejores y asegurar todavía más la continuidad y la estética del deporte que más nos gusta. Hacer más grande al rival provoca que nuestra victoria sobre él sea mayor. Hernán Cortés lo supo, y su empresa, para bien o para mal define en buena medida lo que ahora somos.

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