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Como lo dije al inicio de este blog, los textos serán un poco intermitentes. En este momento, con la tesis el tiempo se reduce y apenas tengo algunos momentos para sentarme a escribir o pensar en otras cosas. De cualquier manera no quiero que pase más tiempo para hablar de Octavio Paz, quien el pasado 31 de marzo cumpliría 99 años de edad. Como es parte de mi tesis, algunas ideas que aparecerán tanto en la tesis como en este post son apenas trazos, proyectos que pudieran cuajar o no en el producto final. Estas son sólo notas dispersas para dispersarme un poco. Después de esta pequeña advertencia van mis ideas.

Antes que otra cosa Octavio Paz fue un lector. Quiero hacer una precisión. Leer no significa pasar los ojos por la palabra, decodificar su significado y pasar a la siguiente. Leer no es pasar los ojos por la palabra, leer necesariamente significa algo más. Leer es un ejercico amoroso, erótico, de destrucción y consrucción. Leer es encender un fuego. Cada palabra, esa llama que nunca es la misma, tiene un sonido, expresa una idea, la hace palpitar con un ritmo y la hace moverse de diversas maneras. Hay palabras que nos entretienen con su simple sonido; por ejemplo, la palabra resplandor suena para mí a luz que llega como ola, que apenas se percibe en su forma original pero que tiene la capacidad de ceguar, y que tiene también una parte negativa: en el resplandor late la oscuridad. Leer: encontrar la palpitación de las ideas entretejidas en la palabra.

Paz sabía que cada palabra encerraba un mundo de posibilidades, de sonidos, sentidos, ideas. Y Paz leyó casi todo lo que tuvo enfrente. Así pudo conocer el mundo, pues la lectura, si se ejercita bien, nos lleva al conocimiento profundo de todas las cosas. El ejercicio de la lectura provoca que se pueda hablar de casi cualquier tema. Este es el proyecto de Paz, la lectura como totalidad para hacer comunión con el mundo. Ya no hay intelectuales de ese tipo, que podían opinar de casi cualquier tema porque había un dominio de casi todo. La especialización, la división de labores y un sistema educativo deficiente han provocado la atomización del conocimiento. Ahora hay especialistas. La capacidad lectora en Paz se reflejó sobre todo en su poesía. Paz fue un gran lector que fue un gran poeta que fue un gran lector. Leer y escribir poesía van de la mano, se complementan y se hacen una a la otra. En este círculo incandescente palpitan las palabras con todas sus posibilidades.

Hay también un Paz un ejercicio de crítica, ejercicio que en México pocos pueden hacer y que menos soportan. En México criticar, tanto en la cultura, las artes y la sociedad, es sinónimo de hablar mal, aunque no sea así. Toda crítica debe ser, si está bien hecha, un ejercicio de evaluación que lleve a mejorar al objeto de la crítica. Criticar es decir qué está bien y qué no lo está, es desarticular para construir; hablar mal de algo o alguien es otra cosa. Se confunde “me hizo una crítica” con “habló mal de mi o, peor, de mi obra.” En esta confusión se pierden amistades, se generan grupúsculos, se producen acérrimos rivales. Octavio Paz, como el verdadero intelectual que era, criticó en su momento los excesos de los gobiernos socialistas, especialmente a la Unión Soviética y a Cuba. Esto le valió el rechazo de buena parte de la intelectualidad latinoamericana, que siempre entiende al ejercicio intelectual como un ejercicio de simpatía con las izquierdas.  En este sentido hay que reconocerle su renuncia a la embajada de México en la India, gesto en solitario de un intelectual y funcionario del gobierno en una época en la que había que cuadrarse con el Presidente a riesgo de perder todo.

Aunque también es cierto que no todo fue crítica desinteresada en Paz. Por eso muchos lo consideran el gran Tlatoani, cacique y/o gran inquisidor de las letras mexicanas. Se dicen muchas cosas de esta faceta más oscura. Él decidía quién era digno del parnaso mexicano. Se opuso fervientemente a los poetas con una ideología distinta a la suya, como el caso de Jesús Arellano, de quien se dice desapareció gran parte de su obra. Su grupo dominó el cielo literario mexicano durante décadas por medio de las revistas “Plural” y “Vuelta” y de antologías como Poesía en movimiento. Este es un gran vicio de la literatura en México, reunirse en torno a una revista (o antología) y considerarla el canon contemporáneo, dejando fuera a quien no estaba en el selecto grupo. Octavio Paz sin duda lo hizo y en esto fue implacable. Para darse una idea de esta particular característica de Paz, habrá que recordar Los Detectives Salvajes, de Bolaño, quien retrata magistralmente este momento en la historia de la poesía mexicana.

Pero Paz se sigue leyendo. Tal vez sea El laberinto de la soledad su obra más leída actualmente aunque dista por mucho de ser la mejor. Es verdad que El laberinto de la Soledad es un conjunto de observaciones un tanto ingenuas y poco profesionales desde el punto de vista sociológico, pero también es cierto que es un título que sigue estando entre los más vendidos en México y el extranjero. Esto significa, entre otras cosas, que tiene cierta validez en sus presupuestos, que hay gente que lo lee y dice “sí, así somos” o “sí, así son”. También sigue siendo parte de los programas de lectura tanto en educación media básica como en educación superior. En Estados Unidos es lectura obligatoria al estudiar la historia de México. No hay que olvidar que es un libro escrito por un poeta, sin embargo es un poeta con una extraordinaria capacidad de observación y síntesis.

Es necesario hacer todavía una crítica de Paz. Es el máximo homenaje que se le puede hacer: una crítica en la que se le señalen sus virtudes que fueron muchas, y sus defectos, que también hay en gran número. No podemos elevar a monumentos sus ideas, pero tampoco las podemos desechar porque él no fue académico, sociólogo, politólogo, economista, filósofo, gran inquisidor, etc. La suya es una lectura del mundo y una interpretación. Por eso que hay dialogar con él, increparlo cuando se deba y sobre todo, leerlo.

Después de este necesario desahogo, agradecería críticas y comentarios.

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